Anestesia por infiltración

Todos los anestésicos locales se agrupan en dos únicas familias: ésteres y amidas. Los primeros han caído en desuso por su mayor potencial alergénico y tóxico. Las amidas son los agentes utilizados en la actualidad por su eficacia y seguridad. De éstas, en Atención Primaria suele disponerse de mepivacaína al 1% (10 mg/mL) o 2% (20 mg/ml). La dosis tolerable en un mismo procedimiento es de 5 mg por kilo de peso en adultos sin exceder los 400 mg y de 1,5-2,5 mg por kilo de peso en niños.
Mezclados con un vasoconstrictor (adrenalina 1:100.000 – 1:200.000), se minimiza el sangrado operatorio, se prolonga el efecto del anestésico y se reduce su toxicidad. Si no se dispone de una mezcla comercial se puede reinfiltrar el campo quirúrgico, después de la anestesia, con una dilución preparada de 0,1 mL de adrenalina 1:1.000 y 10-20 mL de suero fisiológico.
Las técnicas de infiltración se realizan con aguja subcutánea y persiguen delimitar completamente la zona a intervenir por una barrera anestésica. La más empleada es el solapamiento de sucesivos trayectos lineales de infiltración realizados mediante inserciones consecutivas de la aguja. Para intervenir en áreas pequeñas, con sólo dos punciones cutáneas se puede delimitar una zona de anestesia romboidal suficiente, rectificando la dirección de la aguja en abanico.
Las inyecciones del anestésico resultan menos dolorosas realizadas de forma subcutánea que intradérmica. Tras realizar un breve masaje de la zona se espera algunos minutos hasta verificar un efecto anestésico completo.

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